
Aquel extraño paraguas
Aire, primero solo eso; luego, quizás, pero solo quizás, alguna nube que otra. De pronto estaba inmerso en un mar de gotas, heladas gotas flotantes. Ojala hubiera comprado aquel paraguas tan extraño en esa extraña tienda de mi ciudad, Venecia.
Desde siempre había sido un culo inquieto, viajé mucho, pero donde siempre me sentí como en casa fue en Escocia, donde me dejé perder tantas y tantas veces en sus bosques.
Ahí estaba, inmerso en ese mar de heladas gotas. Tenía bastante frío. Mis plumas estaban húmedas y rígidas. Pensé en lo curioso que sería una antropometría de mi mismo en ese momento, a lo Yves Klein. La representación física pero a la vez incorpórea de este viajero que ahora tenía frio.
Siempre me había gustado el arte. Podréis decir que qué puede saber un pajarraco de arte. Nosotros somos muy nuestros, y especialmente yo, pero estaba absoluta y apasionadamente enamorado del color, de los colores, y de cómo los artistas sabían expresarse con ellos. Había escuchado muchas lenguas, muchas, y muy diferentes, pero la del color era mi preferida sin dudarlo.
Tuve de repente una sensación extraña, algo tocó mi hombre y dejé de tener frío. Escuché algo que no entendía: wir sind zum Flughafen bekommen. Abrí los ojos y me encontré sentado, en humana apariencia, en el avión Madrid-Berlín que había cogido tres horas antes. Era el único pasajero que quedaba por desembarcar.
Las pocas horas de sueño, las tres intensas semanas de exámenes o quizás fuera el amor, causaban estragos en mi cabeza. Mientras pensaba en mi sueño me invadió una extraña sensación, la de rescatar del fondo del armario mi caja de madera, y sacar mis pasteles, sanguinas, carboncillos y acuarelas, que hace mucho fueron la prolongación de mis dedos y llenaron mi vida. Ahora sólo puedo pensar en árboles, en colores y en aquel extraño paraguas de aquella extraña tienda de Venecia.
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Lluvia de palabras (breve fábula animal)
Aquel búho era requerido en el bosque cada vez que había un problema. Todos los animales acudían a él para consultarle y siempre salían satisfechos con sus consejos. El búho decidió nombrarse jefe de aquel bosque y nadie rechistó. Se habían acostumbrado a que pensara por ellos mientras se dedicaban a sus tareas cotidianas. Una mañana cambió el tiempo, soplaba un viento extraño que trajo nubes de panza grande y gris. Empezó a caer una lluvia mansa pero persistente que dejaba caer palabras nuevas: palabras que nunca antes habían sido pronunciadas, palabras antiguas pero olvidadas, palabras futuras, palabras traviesas. Todos corrieron a refugiarse en sus hogares. Miraban como caían las palabras y pronto algunos salieron a recogerlas del suelo o a dejarse empapar por ellas. A veces enlazaban dos palabras y creaban otra nueva y hasta había quien se aventuraba apensar una frase entera ensamblándolas.
Pasados unos días, comenzaron a tener ideas propias y vieron que no siempre necesitaban los consejos del búho. Se aconsejaban unos a otros o esperaban un rato a que las palabras con la solución surgieran de su interior.
El búho furioso y calado tosía y escupía esas palabras que le repelían. Hizo la maleta, abrió su paraguas rojo y se alejó de allí.
Rosana Alonso
Ocurrió en primavera
-¡Mamá, mamá! ¿Cómo se llama ese pájaro tan feo?-¡Ya estamos de nuevo! Mi padre dice que no madrugue tanto cada anochecer, así evitaría estos percances que tan alicaído me dejan. Debería hacerle caso porque mi padre es sabio. Mamá dice que cuando él se vaya al país donde siempre es de día, yo también seré sabio. Yo, no pienso ponerme las gafas ni ese gorro cuadrado descosido con un hilo colgando, como el que tenía papá en la foto del cuento, que un niño dejó olvidado en el banco del parque.
Cuando palidece el día porque se ha puesto el sol pero no ha salido la luna, me camuflo entre las ramas de un sauce que está encima de los columpios, donde los humanos que aún no son sabios, corren y chillan. A veces, sin darme cuenta, aparto las ramas para verles mejor y alguno de ellos me descubre. Unos, como el de hoy, me llaman feo, otros me imitan moviendo la cabeza como yo ¡Que torpes! Lo hacen fatal. Otros me echan piedrecitas de colores. ¡Soy tan feliz! Pero ese instante dura muy poco, cuando yo empiezo a ver con claridad, ellos dejan de hacerlo y se van.
Cuando ya se habían ido todos, he bajado hasta el banco donde había un trasto de esos que se ponen los humanos en la cabeza cuando llueve. Pensé que sería divertido imitarlos a ellos y me lo he colocado. Mientrasiba camino de casa para enseñárselo a mamá, noté como todo el parque me miraba, seguro que me tenían envidia.
Cuando llegué, mamá estaba muy triste y mientras le enseñaba el artilugio, me dijo que papá se había ido al país de los sueños y que por lo tanto, yo ya era sabio y no podía llevar eso tan extraño en la cabeza. La sabiduría recién adquirida no me valió para que mamá dejara de estar triste. Un día, entre el sol y la luna, la llevé al sauce, y viendo a los niños humanos, descubrió de nuevo la sonrisa.-¡Se nota que eres un búho sabio! -Me dijo mientras comíamos unas piedrecitas de colores, que las llaman gominolas.
Rosi Serrano ( Lucía)