
Estoy acostado en la pradera y el rocío juguetón me humedece la ropa en esta preciosa tarde de primavera. Muerdo la punta de un pastito y saboreo su amargura. El olor de los arbustos silvestres penetra mis pulmones y alzó la vista para contemplar un paisaje, que con su profunda belleza, casi me arranca un par de lágrimas. El sol se está ocultando, despacito, bostezando en un último suspiro. Calienta mi piel la caricia del último vestigio de sus tibios rayos, que con un dejo de timidez apuran la despedida. El mantel del cielo se viste de ocres, naranjas, amarillos y todas las gamas de rojos posibles, desde el bermellón y el escarlata, hasta granates, púrpuras y magentas, alternando algún carmesí, una pizca de terracota y hasta un destello de furioso sangre.
A lo lejos, unos cuantos arbolitos parecen esforzarse para estirar sus ramas y abrazarse. Sus sombras se proyectan contorsionando sus formas. Una bandada ¿de palomas, de garzas, de gaviotas? parece disfrutar de un descanso en su periplo migratorio. Curiosamente concentrando la mirada desde acá, cada tronco y cada copa parecen conformar una hoja gigante con sus nervaduras perfectamente definidas. Una enorme hoja, a su vez compuesta por muchísimas hojitas pequeñas.
Cavilando me encuentro perdido, hasta que el ruido metálico de las puertas me sacude. Es mi mejor recuerdo. Mi último recuerdo. Y se me antoja tan presente, tan real y verdadero; que termina explotando todos mis sentidos con una en intensidad asombrosa. Puedo ver, puedo oír, puedo oler, puedo saborear, puedo sentir la libertad que me penetra.
Los guardias observan la sonrisa dibujada en mi rostro con suma curiosidad. Afuera, la multitud expectante electriza el ambiente; y la cuchilla de la guillotina se relame a la espera de mi persona, su próximo inmediato cliente.
.............................................................Obra de Diego Ariel Vega, cuyo blog podeis visitar en la dirección: http://divagantedivergente.blogspot.com
Maravillosa descripción, Diego. Conviertes una bella ilustración en un recuerdo vívido, sentido, casi mágico... tanto como para arrancar una sonrisa a un condenado a muerte.
ResponderEliminarUn saludo. Y otro para Clara.
Qué buen texto. Siempre Diego, me gusta mucho como escribes.
ResponderEliminarEnhorabuena a ambos.
Un abrazo
Una descrpción impresionante, un final asombroso.
ResponderEliminarMe ha encantado.
Abrazos a ambos
De tanto verlos ya no les hacemos ni caso y sin embargo puede ser el recuerdo más bello que deseamos conservar. Plácido relato hasta que llega el desgarrador final. Muy bien escrito Diego y una bella interpretación de la bonita imágen de Clarulina.
ResponderEliminarPura nostalgia,de la que el giro final te despierta. Me gustó.
ResponderEliminarDespués de ver eso, uno parece que se puede morir tranquilo.
ResponderEliminarMuy bello Diego, preciosa imagen, Clara
Abrazos
Me ha encantado leerte Diego. El final...muy bueno. Por cierto, texto e imagen, preciosos.
ResponderEliminarSaludos a los dos.
Un relato muy bueno, Diego, impecablemente escrito, con un final inesperado. Ojalá nuestro último recuerdo sea así de hermosos. La ilustración es preciosa, ese bosque de hojas tan delicado y precioso me ha llegado al corazón.
ResponderEliminarBesos
Hasta en el último minuto de la vida se puede apelar a los buenos recuerdos para tener paz... :)
ResponderEliminarMuy buen relato, inesperado final...
Me gusta la transparencia de las sombras de lo9s árboles en violeta... :)