domingo, 27 de noviembre de 2011

Clarulina + Woman on line, Clara López y Rosa Gloria González


El sueño de Clara
El tiempo, ese impredecible compañero de viaje, acababa de plantearle otra de sus encrucijadas. ¡Ahora! Meses después de haber solicitado participar en el proyecto “escríbeme una ilustración”, ahora, recibía la ilustración a la que debía adjuntar un relato.
¿Cuál sería la historia capaz de dar vida a esa imagen que acababa de recibir?
¡Le gustaba! Le gustó ya cuando la vio asomarse.
A primera vista -cansada por el trabajo y los años- apenas alcanzó a distinguir los matices de la imagen. Abrió el archivo. Se concentró.
Le gustó también entonces. ¡Qué estremecedora su mirada, con esa sabiduría y ese dolor en el alma!
Trató de meterse en el personaje, existir en la otra. Quiso imaginar los lugares de donde partían las luces y sombras que daban volumen a la ilustración, los movimientos inconscientes que, de la mano de Clara, dieron vida a esa mujer de colores fríos sobre fondo cálido, que parecía adormecerse en un melancólico deseo.
Tenía en su expresión los atributos de todas las edades. Como si hubiera traspasado los límites del tiempo y convivieran en ella contrapuestas emociones, tamizadas, eso sí, por la vulnerabilidad que nos acompaña, del nacimiento a la muerte, y hace que nos necesitemos.
También yo me sentía ahora vulnerable y desvalida. Trataba de averiguar qué fantasías animaron a esa mujer que tenía frente a mí -real y etérea a la vez- en lugar de coger mi pluma –adornada de avestruz - y comenzar a escribir mi propio relato.
¿Acaso no tenía nada que contar? ¿Habría dejado de soñar?
El vértigo que le produjo la visión del vacío, le hizo palidecer. Reclinó ligeramente la cabeza hacia atrás, y llevándose la pluma a los labios, en un gesto de coquetería, se contempló en el espejo.
El carmín de la boca contagiaba color a la pluma. Le sentaba bien. El espejo parecía un hermoso lienzo. Y ahí estaba ella, con su cabello negro, la palidez de la piel sobre el fondo cálido, y esa expresión lánguida que la acompañaba cuando se adormecía en el melancólico deseo de compartir sus sueños.
Tras un breve instante que le pareció eterno, bajó la mirada del espejo y descolgó el lienzo.
Por un momento pareció haber olvidado qué se disponía a hacer. Luego, cuidadosamente, cogió la pluma de la comisura de sus labios y colocándola entre sus dedos escribió sobre la ilustración -con meticulosa letra de imprenta- Clara Varela 2011.
Woman on line
http://amoresdecarton.blogspot.com


Al otro lado del espejo
Uff… al fin, un sonido en la casa. El día se me estaba haciendo eterno con este silencio oscuro y denso, pero la pequeña Olga aparece en seguida al fondo del pasillo cerrando la puerta de la calle con mucho cuidado. Dentro de un rato y como otras veces, se quedará frente a mí, fijando la mirada sobre los reflejos de plata del pequeño espacio de madera y hierro en el que vivo. La verdad es el único momento en que me divierto, en que me siento casi humano guardando en mis rincones los gestos de los habitantes de esta casa que me descubren constantemente los estados de ánimo en que viven. Es cierto que estoy bloqueado, clavado firmemente a una pared, pero desde mi obligado encierro puedo ver con claridad lo que no puede ver nadie a simple vista, aunque bien sé que no puedo compartir estos secretos. Soy un espejo. Sólo puedo devolver formas, líneas, volúmenes… nada más. No puedo hacer más.
Olga ya se ha parado frente a mí. Lo lleva haciendo desde que tenía metro y medio de estatura. Le gusta verse crecer y a mi me gusta ver como crece. Es tan joven y tan bonita…. Hasta hoy he visto a su alrededor colores de luces y alegría y salir corriendo al instante a buscar la plenitud de la vida, pero hoy, hoy Olga ha vuelto cubierta de una espesa nube violeta que le aplasta la cabeza hasta conseguir que sus ojos de miel caigan arrastrados por el desánimo y la tristeza. Olga, Olga, querida niña ¿qué te ha pasado? ¿Por qué me miras así? ¿No te reconoces? Soy yo y yo eres tú. Olga ¿Por que no me hablas? ¿Por qué este silencio? ¿Por qué, yo, siendo un espejo, tengo ahora miedo?
Olga se ha marchado a su habitación, pero su mirada se ha quedado conmigo. Es una mirada inquietante y misteriosa que tendré que seguir observando a lo largo del tiempo para descubrir como volverla a dar vida. No puedo abandonarla. Yo seguiré aquí, escondido en el silencio, listo para ayudar a escudriñar su alma cuando quiera encontrarse con ella. No puedo hacer más. Es mi destino. Solo soy un espejo.
Clara López



Aves del paraíso

Anduvo con rumbo incierto, sin mirar atrás, con las lágrimas recogidas en la cuenca de los ojos y ese vacío que iba paralizando cada fibra de su cuerpo, cada nervio de su ser.

El viento de la tarde enmarañó su pelo dejando al aire algún mechón en el que los restos de los reflejos azules se mezclaban con el azabache natural de su melena. El vello de su piel se erizó, pero Nerea no notó el aire fresco de la recién estrenada primavera a pesar de que llevaba únicamente unos vaqueros desgastados y una camiseta lila a juego con sus deportivas.

El ruido del agua al chocar contra las rocas la hizo regresar. Se paró en el borde del acantilado y las imágenes volvieron a pasar ante sus ojos: el pasillo con las fotos de los viajes, los cuadros pintados por ella, el olor a incienso, Love is all around sonando en el salón, su mano abriendo la puerta de la habitación… y de repente… sus caras, sus dos cuerpos abrazados y jadeantes, su hermana Thais y su esposa Ana, el grito ahogado de ambas al verla. Ese último grito resonó en su interior convirtiendo su cuerpo en un diapasón desafinado.

Las lágrimas intentaron brotar de nuevo cuando un remolino, levantando tierra a su alrededor, dejó a la vista unas plumas naranjas que la distrajeron de su decisión de saltar transportándola al cuadro de las aves del paraíso que habían pintado juntas para celebrar su compromiso, transportándola a la tarde de verano en la que cambió su viaje a la India por vivir el resto de su vida al lado de Ana, transportándola al día de su boda.

Nerea acarició una pluma mientras la tristeza se adueñaba de su mirada y el vacío acogía su alma.
Rosa Gloria González González


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Clarulina + Ana Campoy, Manolo Ortiz y Raquel Míguez


Enigma

Desde que la conoció, jamás supo interpretar lo que ella tenía por dentro. Su cabeza era un bulbo. Capas y más capas de tejidos formando incógnitas. Un núcleo de ideas, forrado de mecanismos de defensa, como láminas imposibles de franquear.

Siempre quiso adentrase en aquella pantalla con la que ella había filtrado su vida. Lo intentó al principio, pero sabía que corría el riesgo de empañarse los ojos. Pues cada vez que rascaba aquella bella cáscara que parecía ser su cabeza, los efluvios emanaban y le hacían retroceder provocándole las lágrimas.

Pensó en alejarse de ella. Huir de aquella criatura mitad monstruo, mitad real, que amenazaba con ahogar su propia existencia. Pero se resistió a abandonarla. A permitir que cualquier depredador la devorara en un descuido. Y decidió permanecer a su lado.

Poco quedaba de aquella niña endeble como el tallo de una hoja. El tiempo se había agolpado de bruces sobre su cuerpo, engrosando su cerebro e infectándolo de material inflamable. Y fue entonces cuando comprendió que sólo habría una manera de liberarla.

Por eso, cuando le arreó el último hachazo y la sangre brotó a borbotones abriéndole la sien, supo que estaba perdido. Pues no contaba con que esa rara masa azucarada, aquella esencia de bondad que brotó de repente de su cráneo, hubiera estado ahí durante todo ese tiempo.

Intentó contenerla. Reparar el daño causado metiéndolo todo de nuevo en su calavera. Pero el secreto de su enigma ya había sido liberado, y fue a clavarse, directamente, en el latir de su conciencia.

Ana Campoy



Composición

No es cómodo vivir en un zapato, aunque éste sea la bota abandonada
de un gigante. Si Amadea no se había mudado a un hotel, era por su alto
costo. Además, por su trabajo de mensajera, debía recorrer a diario grandes
distancias. Es de sobra conocido que a los zapatos les gusta caminar. Por
vanidad, ella hubiera optado por un tenis deportivo de última generación.
Sin embargo, en sus estudios musicales requería de aislamiento e intimidad
absolutos.
Años después, la célebre Amadea recrearía en el Concierto del zapato
rojo y las cebollas, aquella etapa de su vida.

José Manuel Ortiz Soto
http://cuervosparatusojos.blogspot.com/


Cebollina
Hubiera sido la mejor fiesta de disfraces de mi vida. Me pinté el pelo, me puse
extensiones y vacié un bote de laca extra fuerte sobre cada mechón, después de
sujetarlos con alambres.  Durante días  aclaré mi piel con yogurt y  el de la fiesta me
maquillé en el blanco de las geishas. Nada más verme me invitaste a bailar, no me dio
tiempo ni de sacarme la casaca roja y me alegró (es tan bonita). Dimos muchas vueltas,
tu mano en mi cintura, mi mano en tu hombro, tantas vueltas que  ya no sabía dónde
estábamos.  Hubiese sido la mejor fiesta de disfraces de mi vida. Y  tal vez  lo fue.
Cuando me quise dar cuenta me habías  cortado en trozos y aliñado con vinagre de
Módena y una reducción de Pedro Ximénez. Sentí el chorro de picual  y el roce de una
hoja turgente de lechuga. De una de esas lechugas que parecen un ramo de novia, con el
corazón verde y el borde berenjena. Lo último que recuerdo fue que viajábamos las dos
hacia el túnel de tu boca, pinchadas en un tenedor de plata.
Raquel Míguez