jueves, 24 de febrero de 2011

Clarulina + Alberto Chamorro




Desde que era una niña soñaba ser un pez,
trataba de aprender a escondidas el alfabeto del agua
hasta que el horizonte se arrugaba entre mis dedos.
Tozuda, me empeñé en crecer con los pies sumergidos
a orillas del estanque a poco que podía.

Al final, a mi pesar, acabé por echar raíces en el aire
y me desdibujé en este tronco perenne, inamovible, que ahora soy,
yo, que siempre había soñado las descosidas magnitudes
del océano, como si fuera posible volar a lomos del viento
en la cresta de las olas. Anoche corté estos hilos de títere sin alma.

Al amanecer, recuerdo haber bajado a este paraíso de espejos convexos
que esboza en mis labios como un caleidoscopio la realidad que soñé
siendo una niña, casi un pez como estos que acarician mis pies
y parecen hablarme. Ya ni siquiera sé si estoy sentada a los pies
de la cama o es tu voz la que suena en mis pulmones.

No tengo agallas, siempre lo decías. Así que bésame,
bésame con tus labios de pez, hasta que me baste con tu aire
para vestir mis manos con los sueños de la niña que fui
y aprenda de tu cuerpo las caricias del agua. Enséñame a nadar,
juguemos, y hagámosle cosquillas a la luz que aletea ahí delante.

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Obra de Alberto Chamorro, cuyo blog podeis visitar en la dirección:

lunes, 21 de febrero de 2011

Clarulina + Manuel Ferrero

Adelina y Arrebato

Adelina se pasaba horas enteras mirando el cactus. Cada púa era un recuerdo. Amaba aquella planta porque le recordaba su vida. Con muy poco se puede existir y dar frutos rojos. Hablaba con ella por señas, la saludaba al amanecer, compartía el mismo aire. Escondía la mano derecha dentro de la manga larga del jersey de Lana. En su mano cerrada, guardaba Adelina un anillo de oro de una boda que no llego a celebrarse. La apretaba tan fuerte que le entraba un quejido en el corazón.

¿Podrían casarse una mujer y un cactus? Tal vez si ella permaneciera quieta podría echar raíces, volverse verde, echar espinas y crecer hasta entrelazarse. Ella amaba aquella inmovilidad plácida, el sol, la lluvia y la brisa helada.

El cactus tuvo un pensamiento, que viene a ser, un endurecer de agujas. Quería abrazarla, caminar, tomarla de la mano, quitarse las espinas y flotar sobre su piel suave. Creyó que si se dejaba mover por el viento y hacía menos fuerza en la raíz, le saldrían piernas y manos.

Se miraron durante semanas. Ella impasiblemente sonriente y él cada vez más agitado por los elementos, menos arraigado. En un golpe de vendaval, Arrebato, el cactus, se dejó caer sobre los labios de la chica. Las espinas hicieron sangre en las comisuras de Adelina. Arrojó por reflejo a su compañero vegetal al suelo y se puso a llorarlo histérica. No se atrevía a tocarlo, ahora que había probado su dolor ¿Qué se podía esperar del amor de un cáctus? Pero echaba de menos su armonía y su porte esbelto.

Arrebato, ácido y caído, aflojaba sus espinas. Nunca esperó que un beso hiciera tanto daño. No tenía piernas, ni brazos. Aceptó con resignación su muerte. Adelina, al verlo tieso lo regó con lágrimas. Acercaba las manos para tocarlo pero no se atrevía. Cansada arrojó el anillo escondido a la Aurora hermosa del atardecer. Adelina prometía no volver a amar en la vida. Sus corazones se habían secado.

De pronto las nubes rojas se agitaron y empezó a llover con rabia. El agua que caía bañó a los dos enamorados. De los rizomas muertos de Arrebato nacieron piernas, cuerpo, cuernos y pelo suave. Un hermoso corzo donde antes hubo planta. Ella se fue encorvando, llenándose de piel peluda, alargando la boca en morro y pintando sus ojos de negro tierno. Se convirtió en una corza libre. Los dos se olieron, se acariciaron, saltaron bajo los rayos y los truenos. Recorrieron enamorados el bosque y la tormenta.

El sol salió. Llevaba alrededor de sus rayos un anillo de boda. Adelina y Arrebato vivieron felices para siempre. Por fin al mismo nivel, cosa necesaria para amarse. Los ruiseñores cantaban.

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Obra de Manuel Ferrero cuyo web podeis visitar en la dirección:

www.manutecuenta.com

sábado, 19 de febrero de 2011

Clarulina + Laura Recio




Atareados, todos los transeuntes de aquel barrio se movían ajetreadamente:

paseaban a sus perros sin darles ningún mimo, corrían a coger el autobús

gritando y maldiciendo,

Iban a sus trabajos bebiendo café con una mano y leyendo el periodico con

la otra mientras contestaban a la vez al teléfono con sus manos-libres,

no paraban.

El tiempo corría y las cosas que hacer surgían a cada paso,

no había que perder ni un minuto. El tiempo era oro y se

jugaban su futuro en aquellas tareas.

Sin embargo, a aquel grupo de seis personas no les molestaba pararse, ayudaban a sus

vecinos, hablaban con la señora de la parada del bus, leían el pediodico en

un banco del parque, salían a correr desconectando sus mentes. Llevaban

una vida tranquila y llena de pequeñas sensaciones que les llenaban. Vivían

sus vidas y cada tarde se lo contaban los unos a los otros, lloviera o nevara

siempre se juntaban.

Esto les hacía grandes, tan grandes que al resto de

las personas se las veía infimas, no les llegaban ni a la rodilla.

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Obra de Laura Recio, una prima única que siempre tiene una sonrisa para regalarte

jueves, 17 de febrero de 2011

Clarulina + Norka

TE QUIERO ABUELA

“¿Tienes un sueño? Persíguelo… él (el sueño) ya ha hecho su trabajo… ha aparecido… se ha metido en tu cabeza, te hace cosquillas y te da collejas… y se hace insoportable porque quiere que le sigas, que luches por darle alcance… él no puede hacer más que perdurar en ti, el resto lo tienes que hacer tú…” me decía mi abuela mientras se esforzaba, con sus dulces manos, en terminar mi larga trenza…

Ayer se fue mi abuela y… yo me corté la coleta… no me volverá a peinar, ni físicamente, animar a realizar mi sueño, pero…

¡Eh, abuela!, ahora que no tienes nada que hacer, dame tu mano y acompáñame…

¡HE DE PERSEGUIR MI SUEÑO, Y TE NECESITO…!


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Obra de mi amiga Norka Martin Del Rio , la mejor maestra que pude desear y que sigue siéndolo

Clarulina + Ruben Álvarez


La luna se cansaba de no poder compartir, en sus noches de soledad, el amor y la belleza que atesoraba en su interior. Observó una alargada hoja que, arrancada de un árbol por un vendaval, reposaba, inerte, sobre las mansas aguas de la laguna. Venció la timidez lógica por haber sufrido tantos años de soledad en silencio y, delicadamente, tomó la hoja entre sus manos argénteas. Inmediatamente se obró el milagro y la hoja recuperó la vida; una luz rojiza surgió de su interior mientras la savia fresca volvía a recorrer todos sus rincones.

Desde entonces, ambas, la luna y la hoja, comparten las largas noches escribiendo entre las dos, sobre las oscuras aguas, nuevas historias de amor y esperanza.

Rubo.

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Obra de Rubén Álvarez cuyo blog podeis visitar en la dirección:
http://rubazquez.blogspot.com/

viernes, 4 de febrero de 2011

Clarulina + Diego Ariel


Estoy acostado en la pradera y el rocío juguetón me humedece la ropa en esta preciosa tarde de primavera. Muerdo la punta de un pastito y saboreo su amargura. El olor de los arbustos silvestres penetra mis pulmones y alzó la vista para contemplar un paisaje, que con su profunda belleza, casi me arranca un par de lágrimas. El sol se está ocultando, despacito, bostezando en un último suspiro. Calienta mi piel la caricia del último vestigio de sus tibios rayos, que con un dejo de timidez apuran la despedida. El mantel del cielo se viste de ocres, naranjas, amarillos y todas las gamas de rojos posibles, desde el bermellón y el escarlata, hasta granates, púrpuras y magentas, alternando algún carmesí, una pizca de terracota y hasta un destello de furioso sangre.

A lo lejos, unos cuantos arbolitos parecen esforzarse para estirar sus ramas y abrazarse. Sus sombras se proyectan contorsionando sus formas. Una bandada ¿de palomas, de garzas, de gaviotas? parece disfrutar de un descanso en su periplo migratorio. Curiosamente concentrando la mirada desde acá, cada tronco y cada copa parecen conformar una hoja gigante con sus nervaduras perfectamente definidas. Una enorme hoja, a su vez compuesta por muchísimas hojitas pequeñas.

Cavilando me encuentro perdido, hasta que el ruido metálico de las puertas me sacude. Es mi mejor recuerdo. Mi último recuerdo. Y se me antoja tan presente, tan real y verdadero; que termina explotando todos mis sentidos con una en intensidad asombrosa. Puedo ver, puedo oír, puedo oler, puedo saborear, puedo sentir la libertad que me penetra.

Los guardias observan la sonrisa dibujada en mi rostro con suma curiosidad. Afuera, la multitud expectante electriza el ambiente; y la cuchilla de la guillotina se relame a la espera de mi persona, su próximo inmediato cliente.

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Obra de Diego Ariel Vega, cuyo blog podeis visitar en la dirección: http://divagantedivergente.blogspot.com