domingo, 26 de diciembre de 2010

Clarulina + Javier del Hoyo

Bajo tus pies
Muchas veces deseamos escalar cumbres tan altas que ni tan siquiera llegamos a ver sus cimas. Soñamos con héroes plagados de dones que vigilan nuestras vidas y nos protegen desde el cielo de todo mal. Anhelamos un cariño incondicional de aquellos que nos rodean y quisiéramos que nuestro amor no se agotara nunca y hacer felices a todos. No siempre, pero muchas veces ocurre que un milagro está tan cerca de nosotros, tan pegado a nuestra vida, que no lo vemos. Vivimos mirando a las estrellas esperando que de ellas venga la magia que poblaba nuestras mentes en la infancia. Soñamos con los ojos cerrados, nunca abiertos. Miramos al lado equivocado. Mira a tus pies, bajo ellos, no retes a los dioses esperando que vivan en las nubes, pisa fuerte a cada paso, afianza tu andar y puede que descubras la magia bajo el suelo. Puede que veas que la fantasía ya te esté llevando de la mano y un felino gigante te ayude a cruzar un desierto. Y si es así, no olvides contarlo a quienes veas mirar al lado equivocado.

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Obra de Javier del Hoyo, cuyo blog podéis visitar en la dirección.

Clarulina + Mondorino



Anfibios encantados
Tras largo tiempo dedicado al estudio de los cuentos de hadas, el profesor Jacob Harris acabó convencido de que los anfibios encantados existían realmente. Creía que en algún lugar inexplorado vivían príncipes y princesas transformados en sapos o ranas por el maleficio de alguna bruja vengativa. Para demostrar su teoría, Jacob decidió viajar a los lugares más remotos. Su objetivo era besar a cada anfibio que encontrara y apuntar meticulosamente los efectos de su beso en una libreta.
Durante años, la libreta de Jacob permaneció en blanco porque no obtuvo resultados. Pero un día descubrió una rana junto a una charca recóndita y tuvo la certeza de que era la elegida. Lo supo porque no hizo ademán de huir cuando él se acercó y por la manera en que brillaban sus ojitos saltones al mirarle. Incluso parecía sonreírle. Intuyendo que había encontrado lo que llevaba tanto tiempo buscando, Jacob besó a la rana.
La transformación comenzó exactamente tres segundos después. Aunque no fue la rana quien experimentó los cambios, sino Jacob. Lo cierto es que él no pareció muy sorprendido de acabar convertido en sapo. Miró a la rana con los mismos ojitos saltones con los que ella le observaba a él: ahora sí, estaba seguro de que la rana sonreía. Y se dijo que ninguna princesa podría tener nunca una sonrisa tan bonita.
La rana brincó a la charca y Jacob le siguió. Atrás quedaron su libreta de apuntes, su ropa y sus gafas de profesor. No le importó desprenderse de nada de aquello: sabía que su rana y él vivirían felices. Y comerían lombrices.
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Obra de Mondorino, cuya web podeis visitar en la dirección:

domingo, 19 de diciembre de 2010

Clarulina + Gotzon


La vulnerable consistencia de la rutina.
Contemplad por un instante a nuestro protagonista, a simple vista parece un hombre sencillo que regresa junto a su familia tras un rutinario día de trabajo. Sé lo que estáis pensando, una persona así bien pudiera ser cualquiera de nosotros, una vida monótona, cronometrada, sin sobresaltos, No se antoja demasiado estimulante.
Bien, propongo que transformemos la tediosa existencia de este perdedor, intentemos generar una pizca de adrenalina. Necesitaremos añadir varios ingredientes, uno de ellos esencial, la sangre. Presiento que alguien acabará con las manos manchadas de sangre. Pongamos ambiente sonoro. Un entorno urbano se asemeja a una inmensa orquesta, multitud de instrumentos que improvisan una eterna melodía sin partitura, permitid que coja un instante la batuta. Escuchad el murmullo de la gente que camina, el alboroto lejano del patio de la escuela, el incesante rumor del tráfico matinal, el estruendo de una bocina impertinente, el chirriar de un brusco frenazo, el seco sonido del impacto, la exclamación contenida del viandante, el constante zumbido interior, el hueco palpitar del corazón, el silencio…
Revelador, ¿verdad? En pocos segundos nuestro escenario ha cambiado por completo… ¡Un momento! Creo ver a nuestro personaje rodeado por la multitud. Acercaos, intentemos escuchar su voz…
- Tranquilícese señorita, soy médico, se pondrá usted bien,. En breve llegará una ambulancia, permítame que la acompañe al hospital.
Imagino ahora vuestras caras… ¿Eso es todo? ¡Menuda tomadura de pelo! ¿Y dónde está la sangre? ¡Tranquilizaos!, abriré una pequeña ventana al futuro…
- Carlos, ¿has terminado?
-Aún no cariño, me he despistado pensando en el día que nos conocimos, ¿lo recuerdas?, aquel accidente cambió para siempre nuestras vidas, nuestra rutina…
Mientras Carlos respondía, sus pupilas se dilataban, parecía mirar al infinito, sus frías manos retorcían con violencia aquel amasijo de sangre y vísceras…
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Obra de Gotzon, cuyo blog podéis visitar en la dirección:

Clarulina + Hector Luis Rivero



CHASCO
Luego de lavarle y plancharle las arrugas a su marido, Soledad lo dobló con sumo cuidado y lo metió en su bolso de invierno; se vistió con el nuevo abrigo de flores acampanadas, se puso la bufanda y el sombrero, y salió afuera en busca de una nueva ilusión. Caminó silenciosa entre la nieve y se paró en una esquina a esperar a que pasara un corazón verde para que le subiera las feniletilaminas del cerebro.
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Obra de Héctor Luis Rivero, cuyo blog podéis visitar en la dirección:

viernes, 10 de diciembre de 2010

Clarulina + Su A.



SUEÑOS ESCRITOS
Su pasión por los libros era infinita, de ahí que en su casa tuviera miles de estanterías
con cientos de ellos. No había momento en el día que no tuviera uno en sus manos. Era
feliz … si quería resolver misterios cogía uno de esos en los que se convertía en
detective. Si deseaba no dejar de suspirar, entonces lo tomaba de la estantería que tenía
al lado de la cama, esa donde colocaba los que solía leer por la noche antes de dormir
para así poder soñar con hermosas historias de amor. Y si lo que quería era correr
aventuras, entonces salía al jardín, y allí sentado en su vieja silla, escuchando los
sonidos de la naturaleza, recorría el mundo entero realizando innumerables misiones.
Tan pronto viajaba a lomos de un animal fantástico, regalo de un rey de un país muy
lejano a los príncipes de un reino donde no existía el aburrimiento, como tenía que
buscar un tesoro en una isla de piratas enanos…el caso era soñar con toda clase de
historias y sabía que leyendo cualquier libro siempre, siempre, lo conseguiría.

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Obra de Su A. cuyo blog podéis visitar en la dirección:

martes, 7 de diciembre de 2010

Clarulina + Torcuato





Algo de qué hablar
Apareció sin que nadie la hubiera visto antes por el pueblo y desde entonces todos la miraban extrañados. Paseaba como si nada por todas partes con aquel gran pájaro encima de la cabeza. Por los parques y las calles, sin turbarse por esos ojos que sin pestañear se clavaban en ella, ni por esas bocas que parloteaban. La gente no la aceptó, incluso en cierta ocasión un grupo de adolescentes apedreó al ave y ésta salió revoloteando a media altura. La niña, sin perder la sonrisa que siempre decoraba su cara, siguió con la vista el vuelo de su amiga y sin cesar de caminar, hizo gestos con su brazo en alto que la gaviota interpretó, bajando y posándose de nuevo sobre su pelirroja melena. Las constantes habladurías pasaban de boca a oreja, e hicieron olvidar a aquel otro personaje que años atrás decidió subir al monte a vivir de forma ermitaña. Áquel, bajaba de tiempo en tiempo al pueblo para cambiar sus artesanías por herramientas y enseres. Fue uno de esos días cuando se topó con un corrillo de parroquianos, estaban cuchicheando sobre una niña de raros comportamientos. Miró entonces hacia la acera de enfrente, allí estaba en un banco de madera. La mirada del hombre se encontró con la de ella y al percibir la felicidad que transmitía su rosado rostro, le hizo sonreír. Quedó paralizado un ratito, hurgándose entre las blancas barbas y miró a las personas que lo observaban con silencio expectante.
Algo perdido en su memoria afloró: el motivo por el que un día abandonó todo lo que lo unía a este pueblo decidiendo vivir solo en el monte.
Torcuato González Toval.
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Obra de Torcuato, cuyo blog podéis visitar en la dirección:

domingo, 5 de diciembre de 2010

Clarulina + Puck



EN LAS NUBES

Mi madre siempre decía que desde pequeña tengo la cabeza en las nubes. Por eso se me dan tan mal las matemáticas y me gusta tanto la literatura. Por eso lo pierdo absolutamente todo, desde los apuntes de clase a los calcetines. Por eso no me caso como mi hermana y sueño con un príncipe azul que no termina de llegar.
Desde hace algún tiempo, mi madre ha empezado a decir que no puedo estar todo el día en las nubes. Que tengo que sentar la cabeza o me quedaré sola. Para vestir santos, que decía mi abuela.
Casi empezaba a hacerle caso. Casi me había convencido de quedar con el vecino del cuarto que dice que siempre pregunta por mí. Casi cambio los poemas de Neruda por un sofá para dos en un minipiso sin ventanas.
Pero hoy estabas en la parada del autobús. Mirabas al cielo, y he creido verte esbozar una sonrisa cuando ha pasado una nube con forma de conejo blanco.
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Obra de Puck, cuyo blog podéis visitar en la siguiente dirección:


miércoles, 1 de diciembre de 2010

Clarulina + Su, Santiago Gallego y Rubén García


Rey de corazones
Fueron como uña y carne desde siempre. Compartían sin reparos ropas, cariños, secretos, penas y alegrías, pensamientos,… hasta que llegó aquel hombre y tuvieron que jugárselo todo a la carta más alta.

 Su




Cosmo-con-ciencia



«¿Ah, tú también…?», se inquirieron la una a la otra y esta a la de más allá, para conformar así un maduro trío de eco femenino. «Me gustaría saber cuál era la causa», musitó la una después de un leve y gracioso espasmo. Entonces, cierta luz deliciosa mostró una mesa circular que contenía algunos montones de cartas. Tan pronto las fueron escogiendo, las picas, los corazones, los tréboles y los diamantes se diluyeron para, acto seguido, convertirse en letras. Pudieron así conocer la singular secuencia de nucleótidos que les había llevado a sucumbir a la enfermedad. «Así que era esto…», susurró la una. «¡Qué irónico!, mi hijo es genetista», comentó la de más allá.

Entonces empeoró bastante, pues las narraciones se tornaron verdaderamente particulares y enumeraron con absoluta concreción los pecados que cada una había cometido en la Tierra. Agitadas por la congoja, espoleadas por la curiosidad y celosas de su intimidad más vergonzante, acaso se vislumbraran entre sí de reojo sin más ánimo que el de sondear cuál de las tres humanidades había sido más defectuosa. Finalmente, la otra preguntó en alto: «¿Y ahora qué nos pasará?» La luz angelical se transformó en sonora oscuridad y les reveló: «Nada de lo que temen. Lo del Juicio Final era mentira.» Suspiraron sin reparar en que sus átomos ya se iban desenganchando de sus cadenas y desintegrando en partículas más pequeñas, para así, cual fina seda cuántica, pertenecer a millones de conciencias desperdigadas y demás Cosmos inanimado. 


Santiago Gallego


Todos los santos


Cada primero de Noviembre Mamá nos llevaba al panteón familiar. 
 Recuerdo que repetíamos el mismo trayecto para salir de la ciudad, hacia su periferia, fuera de la vida cotidiana. Un camino que repetiría con mis hijos y ellos, a su vez, continuarían transitándolo cada año con los suyos. 
Ese día por costumbre, los pequeños meriendan bajo la recortada sombra del ciprés, y los más adultos limpian de malas hierbas el entorno. Después, todos cuentan anécdotas evocando a nuestros seres queridos y trayéndolos a nuestra memoria. Recuerdos tristes, alegres, de verano, de invierno, de juventud, de vejez. Lágrimas entre risas, risas mojadas y perfumadas con olor a tierra removida. Así pasa la tarde…
 Al final, cuando la sombra del árbol se diluye, nunca nos olvidamos de los regalos, forman parte de la ceremonia: una caja de puros, una botella de Anís del Mono y dos barajas de cartas sin estrenar. Todos los años dejamos nuestras ofrendas sobre el mármol y nos despedimos con el ruido de los coches sobre la gravilla. Así se termina la visita, siempre con la certeza de volver al año siguiente, o quizás antes. 
 En mi vida comprendí el verdadero motivo de aquella constancia, siempre creí que todas las familias debían tener un pasado oculto, desconocido. Parte de una tradición, la cual mantiene unida la sangre, traza lazos en el tiempo… y así es. 
 El día de mi muerte, después del entierro, me tocó repartir las cartas. 

Rubén García
http://mispelusas.blogspot.com.es/