Marina vuela
Marina cierra los ojos, el color azul la impregna totalmente y cuando ella también se siente azul, su globo comienza a elevarse.
Poco a poco va abriendo los ojos y empieza a ver pájaros, dando vida y sonido al paisaje. Los mira y se concentra en ellos, contempla su vuelo travieso con un destino prefijado y les imagina historias de amores y hogares por el mundo.
Cuando mira abajo ve los campos que se extienden bajo el aire, ordenados y cuadriculados como baldosas de vida.
Siente como una nube absorbe su globo hasta no ver nada más que la nube, sintiendo su frío y humedad, y por capricho vuelve a soltarlo, inundándose de nuevo de ese color azul con el que se siente tan segura.
El mismo azul de las baldosas del baño, donde Marina se esconde cuando papá entra en casa dando un portazo.
Ana Vidal
http://relatosdeandarporcasa.blogspot.com
El día en que
todo cambió
No
recuerdo el instante en que me desmayé. Sólo imágenes confusas: el crujido metálico
de las ruedas al girar, un fluorescente que chisporroteaba con tesón, mi lucha
inútil por incorporarme. A lo lejos, un murmullo de voces insistía en que no
había tiempo que perder.
Ni
el olor aséptico y penetrante del quirófano logró despertarme. Mis exiguas
fuerzas me habían abandonado definitivamente. Ya no sentía nada. Y así, ingrávida,
ligera como una pluma, comencé a volar. Mi cuerpo, o más bien el cuerpo de la
niña pelirroja que fui, rellenaba la barquilla de un globo. Agarrada al cesto
de mimbre con unas manos enormes, subía y subía sobre la llanura de mis juegos
infantiles. Hacía frío allí arriba. Por fortuna, mi subconsciente suele ser
precavido y llevaba puesto el suéter de lana violeta que la abuela tejió para
mi cumpleaños. ¡Cuánto la echaba de menos!
Mi
sueño continuó inundado de azules, de alegrías perdidas, de nostalgia por unos
padres siempre ausentes, pero también era un viaje lleno de esperanza hacia
todas las emociones que con suerte aún me quedaban por vivir. Cuando empezaba a
descender, una bandada de golondrinas me sobrepasó a toda prisa. Su estela olía
a pinar y a hogaza recién horneada. Estiré el cuello todo lo que pude para
hacer durar más esa sensación. En aquel momento de euforia, me sentía capaz de lograrlo
todo y decidí que debía regresar.
De
repente, el turquesa del cielo se transformó en un verde intenso de batas y
mascarillas, y sentí como si cientos de agujas recorrieran todo mi cuerpo
adormecido. Poco después, las manos enormes del globo sostenían una nueva vida
en la sala de partos. Al ver a la pequeña Laura sana y salva en mi regazo, supe
que aquel día habían nacido un par de luchadoras que iban a dar mucha guerra en
este mundo.
Pedro Ferrer

